¡UN BUEN CUENTO ES UNA MARAVILLA!

¡UN BUEN CUENTO ES UNA MARAVILLA!

El pasado 22 de mayo fue un día muy especial. En el patio de la librería Casa Anita presentamos nuestro primer libro: Shen y la tienda de besos, escrito por Mònica Gallifa e ilustrado por Ju Castelo. Estuvimos muy bien acompañados de amigos. Anna Ortiz, redactora jefe de la revista Viure en Família y la ilustradora Laura Borràs, obsequiaron a todos los presentes con unas sugestivas reflexiones sobre la narración y la ilustración. Aquí está la traducción al castellano de la intervención que Anna Ortiz elaboró para el evento.
Queremos agradecer a todos los que fueron ese día y también a los que nos acompañaron desde la distancia, a Anna y a Laura y,
last but not least, a Oblit Baseira, la librera, que nos abrió las puertas de su casa.

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Por Anna Ortiz

Leí no recuerdo dónde: “Si quieres alimentar a un niño, dale de comer y dale amor; si quieres que crezca, dale experiencias. Pero si quieres nutrir su mirada, acerca la belleza, y para nutrir su alma dale cuentos, cuentos, cuentos…”

Oficialmente un cuento es un formato literario: un género de ficción, breve que se puede explicar de un tirón. Pero un buen cuento… un buen cuento es una maravilla. Sí. Es un artefacto sencillo, de elaboración artesanal, altamente eficaz para fascinarnos, y a través de esta fascinación, nos habla de lo que somos y lo que vivimos, nos explica cosas poco tangibles, ya que lo hace con el lenguaje de los símbolos. Por eso son pura materia nutritiva. Por eso, géneros como las parábolas o las fábulas nos retratan, enseñan nuestras pasiones, defectos, vicios y virtudes, y pretenden mostrarnos lo que cada sociedad considera que son las lecciones básicas de la vida y de la convivencia.

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¿Cómo es un buen cuento? Podríamos decir que es una buena historia, presentada con imágenes poderosas y con un argumento que nos envuelve y enciende en nuestro interior alguna cosa: el hambre y la sed de saber cómo era, qué sucedió, cómo acabó, quién se hizo mal y quién se salvó, y si al final los que se aman se casan. Hambre y sed de creer, de intuir lo que vendrá, de dejarnos conmover. Al final: hambre y sed de saber de nosotros mismo, de vernos reflejados en multitudes de espejos con otros nombres, otras vidas, otras aventuras.

Lo que cada cuento nos dice, lo que nos explica, es invisible; penetra como el agua y va sedimentando en los que lo escucha, de una manera que no podemos concretar y explicar del todo. El texto del relato viaja a través de una lengua y de unas palabras elegidas y combinadas, como si fuesen teclas que, al decirlas, activan imágenes mentales, sensaciones, emociones. Este es el poder profundamente evocador de los relatos: el de las imágenes que emergen en nuestro interior cuando sentimos una combinación de adjetivos que dibujan un paisaje, un verbo que desencadena una acción, un silencio que deja la emoción suspendida en el aire, una exclamación que trepa hasta las nubes. Por esa razón, por los matices, las cadencias y las pausas, un buen cuento se puede leer, pero su mejor canal de trasmisión es el oral. De hecho, es el propio narrador: el olor de un cuento, la atmosfera la da el que lo explica que, como intérprete, hace que cada “explicación” un cuento único y diferente en cada ocasión. Aún más, lo hace crecer con una sustancia personal e intransferible: las vivencias de su propia vida.

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Los buenos cuentos nos mueven en nuestro interior porque hablan de nosotros. No dan respuestas, no resuelven dudas, no aportan soluciones completas. Nos mueven, nos transforman de manera invisible, nos modifican porque nos hablan de nosotros. Y precisamente por eso, nos ayudan a vivir.

Miren como lo dice el estimado Gustavo Martín Garzo: “Amamos un libro en la medida en que alguna cosa que creíamos haber perdido, o haber olvidado, algún saber sobre nosotros mismos, como un gesto dorado, retorna a nosotros.”

En la historia de Shen, también se habla de nosotros. De una situación de crisis, de desierto o de enfermedad, como queramos leerlo, de un personaje misterioso que interviene con el propósito de facilitar una resolución, una semilla de cambio, de transformación colectiva. Por eso, las imágenes nos transportan desde la primera página: “Empezó a soplar un aire tan helado que congeló los corazones de todos los habitantes…” y las persones se volvieron como islas apartadas. Un panorama desolador. Al leerlo casi sentimos en nuestro cuerpo el frío.

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En esta situación desesperada, se nos prepara para que pase un hecho extraordinario, porque “las cosas hubieran podido quedarse así para siempre, de no ser porque…” porque entonces aparece Shen. Podría no haber ocurrido nunca. Pero ocurrió. Llega -silenciosamente- el personaje enigmático, el diferente, el misterioso, que llega con una misión, con un propósito: abrir los ojos a los habitantes de Nelumbo. Implicarlos en su propia curación. Probablemente, facilitar una toma de conciencia colectiva.

Las herramientas con las que cuenta Shen para su misión son uno de los elementos centrales y mágicos de la historia –los besos- y se nos presentan con una cualidad poética innegable: la descripción es precisa, casi tocamos la textura, casi podemos saborearlos: “Besos minúsculos de hormiga que casi ni se notaban, (…) besos fresquitos de horchata que sabían a verano, (…) besos de peonza que giraban hasta marearte, besos gandules para tardes de domingo…”.

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Poco después, con la curiosidad de la tienda ya abierta, “una niña fue la primera que se atrevió a entrar”. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¡¿Quién, sino una niña que simboliza la inocencia, la curiosidad, la osadía, la necesidad de explorar, podría haber cruzado por primera la puerta de Shen?!

Entonces vemos, primero, el efecto de los besos sobre la nena, y como se extiende con más besos y abrazos en su casa. Después, la expansión que hace visible y pública la transformación porque “en medio de la noche las personas salieron a la calle preguntándose de dónde provenía tanta luz”. Efectivamente, la luz y la alegría se esparcen, se contagia, se celebran y se comparten. Por eso, hay un tiempo para hacerlas colectivas, mientras, como sin querer, se nos muestra que otro niño pregunta por una cosa intangible y poderosa, la respuesta solo puede ser real si pasa por la vivencia: “¿Besos? ¿Qué son?… ¡Lo mejor es probar!”.

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En Nelumbo, cada día más gente entraba en la tienda… hasta que “un día, todos los corazones volvieron a latir con fuerza”. La resolución se hizo comunitaria, y Shen, con su particular misión completada, marcha nuevamente, sonriendo. Llena de todos los que va oyendo a sus espaldas: llena, en realidad, de la propia semilla esparcida.

Como Shen, si nos hemos dejado enganchar por el relato, también acabaremos la lectura del cuento sonriendo. Sutilmente, nos hemos dejado contagiar. Nos hemos dejado transformar. Eso lo explica maravillosamente bien John Berger, cuando dice: “El éxito de nuestra sociedad es una cuestión de cantidades: de números de copias de un disco, de visitantes de una exposición, de libros vendidos. Es el mercado. Pero el mercado ignora lo que de verdad importa del arte: su VIDA SUBTERRÁNEA: lo que pasa cuando una persona se ve afectada por lo que ha visto, por lo que ha escuchado, por lo que ha leído. Esta persona ya deja de ser exactamente la misma que era. Imperceptiblemente, se ha modificado. Puede actuar de manera diferente. Y eso, justamente, es lo que no se puede cuantificar; estos minúsculos cambios internos no son nada fáciles de explicar. Pero una y otra vez, se producen”.

Y yo, efectivamente, lo creo.

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Anna Ortiz es escritora, redactora y editora de textos, entre algunas otras cosas. Ha sido responsable de Viure en Família, revista dedicada a la maternidad, crianza y educación, durante casi diez años. Siguiendo su declarada pasión por la literatura y por los niños (no se sabe en qué orden), se dedica a la búsqueda, la reseña y la divulgación de la literatura infantil de calidad. Rinde culto a editoriales, bibliotecas, a las librerías que todavía no han cerrado, y celebra los hallazgos literarios como niña con zapatos nuevos.

Todas las imágenes pertenecen a Shen y la tienda de besos, escrito por Mònica Gallifa e ilustrado por Ju Castelo (2014).

En Issuu se pueden visualizar algunas páginas de Shen y la tienda de besos.

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